El cuento de los pies cantores

Hace muchos, muchos, muchos años (esto no es parte del cuento), escribí la historia de los pies cantores. Hace poco me la encontré en uno de mis viejos cuadernos (qué tiempos cuando se usaban cuadernos) y he pensado que sería gracioso compartirla.

Aquí tenéis la historia de “Los pies cantores”, espero que os guste.

Los pies cantores

Marlo Steils por fin llegó a casa después de una dura jornada de trabajo. El oficio de barrendero no es para cualquiera. Entró en el salón y comenzó con su rutina diaria: sacar su cerveza de la nevera, encender la televisión (bien hoy juega mi equipo) y sentarse en su destartalado sofá. El último paso, tan deseado como odiado, era descalzarse y quitase los calcetines. ¡qué alivio! Y allí estaban ellos, sus dos pies. Sí, le cantaban los pies. Y la verdad es que debía reconocer que no lo hacían nada mal. Sin embargo era un canturreo incesante y, para él, cansino. Una vez liberados de su prisión de poliéster era imposible callarlos: ópera, jotas, zarzuela, chotis… dominaban todos los géneros.

Cuántas noches de reparador sueño había perdido por culpa de sus pies. Estaba ya cansado, aunque resignado. Su infierno comenzó con llegada de la pubertad. La liberación del torrente de hormonas propio de esa etapa de la vida había producido cambios en su cuerpo. Algunos le hacían sentirse realmente orgulloso y le convertían en la envidia de sus compañeros. Pero el día que los pies le empezaron a cantar todo cambió, le avergonzaba dormir en presencia de otras personas y se volvió cada vez más solitario.

Desde luego había probado de todo para silenciarlos. Pero era inútil. En una ocasión sumergió sus pies en una palangana esperando no oírlos (deseaba incluso que se ahogasen), pero el borboteo que provocaban era aún más molesto.

Esta noche hacía calor. Abrió la ventana de su dormitorio, acercó la cama, se tumbó dejando los pies apoyados en el alféizar y bajó la persiana sobre ellos para atenuar el sonido (a la vez que les cortaba un poco la circulación). Por desgracia, sus pies celebraron la leve y deliciosa brisa que soplaba en la calle con un trino incluso más alto y alegre de lo habitual.

Quiso la mala suerte que pasara en ese momento Angus Wintherplast, un fracasado y poco escrupuloso agente artístico. Al oír lo que a sus oídos es un canto celestial supo que esta vez triunfaría con el que sería su nuevo representado. Sin pensarlo dos veces llamó al portero automático del desdichado Marlo. No fue resultó difícil convencerle con promesas de fama y dinero. Ya era su agente.

Una semana más tarde se celebró su primer concierto. Era un pequeño y no muy elegante bar con un pequeño escenario para conciertos. No importaba, Angus estaba convencido del éxito. Marlo estaba nervioso, nunca había desvelado su vergonzante secreto y, menos aún, delante de tanta gente. Se sentó en el taburete, único elemento en todo el escenario, y comenzó a descalzarse ante un poco receptivo y desconcertado público. Al quitarse los calcetines y comenzar sus cantarines pies su diario recital los asistentes enmudecieron. Jamás habían escuchado un canto tan delicioso, incluso los grandes de la ópera palidecían a su lado. A pesar de no ser el lugar más idóneo para semejante despliegue de talento fue un éxito rotundo. Las lágrimas de emoción y los aplausos inundaron el local. Hasta los borrachines juerguistas supieron apreciarlo.

Ciertamente el entorno no era el más adecuado pero Angus sabía que no importaba, no tardarían en llenar grandes teatros. Y no se equivocaba. Un mes después se celebró el primer concierto en un teatro de la ciudad. De nuevo la emoción embargó a un entregado público. Pronto comenzaron a sucederse galas, conciertos en teatros y actuaciones en privado. El dinero entraba como un torrente imparable.

Sin embargo Marlo no era feliz. Tantos años de auto impuesta soledad a causa de sus pies le había convertido en un huraño. Además, la vida nocturna no le resultaba cómoda. Y menos cómodo aún le resultaba desnudar sus pies en público. El prefería la soledad y seguridad de su hogar.

Un día, después de una larga y poco sabia reflexión decidió cortarse lo pies. Pensó que era lo más inteligente, podría quedarse cómodamente en su casa mientras sus pies actuaban por su cuenta haciéndole más y más rico. Corrió a la cocina, agarró el cuchillo dentado más grande que encontró y comenzó su macabra tarea. Le llevó varias horas, no imaginaba que costaría tanto cortar huesos, sus propios huesos. Pero ni el dolor, ni la sangre le detuvieron. Finalizado su trabajo, y viendo por fin callados a sus pies, comenzó a preocuparse. ¿Qué locura acababa de cometer? ¿Cómo iban a cantar sus pies separados de su cuerpo? Un momento más tarde, cuando la angustia ya le estaba invadiendo, al acercarse sus pies escuchó un leve tarareo. Sus pies estaban bien, aunque algo aturdidos por la experiencia.

Angus le reprochó su acto de enajenación, pero al oír que los pie estaban bien se alegró. Tal vez fuera mejor así, al fin y al cabo Marlo no encarnaba la mejor imagen de un artista, tan desaliñado como poco sociable que era. Además, su codicia y pereza le resultaban molestas. Y estaba el hecho de que el talento lo tenían sus pies, no él.

El sorprendente hecho no mermó sino que acrecentó el interés por los pies cantores.

Marlo ya era feliz, por fin tenía todo lo que quería: dinero, soledad y tranquilidad. Y ya no tendría que trabajar más. Estaba en su casa, viendo la televisión. Cambiando canales le hizo gracia ver que se emitía en directo un recital de sus pies. Por primera vez los escuchó con alegría, cantaban como ángeles y se emocionó. Al finalizar la actuación escuchó la entrevista de su agente. Se sorprendió al escuchar que había vendido los derechos de los pies a un representante extranjero, él no sabía nada. Sus pies habían firmado el contrato y comenzaban una gira mundial. Tras una llamada a su abogado descubrió que había sido traicionado. La riqueza se le había escapado de las manos.

Así, pasó su vida en un lamento continuo, escuchando todas las noches a sus pies por televisión. Llorando y suplicando al aire para que volvieran. Ahogando sus lágrimas en alcohol.

Epílogo: ¿es este un buen final para la historia? Quizá no, así que sigamos. Una vez sus pies le dieron por castigado volvieron a él. La penitencia sufrida y la alegría de la reunión hicieron de él un hombre nuevo. Tras una delicada operación volvieron a juntarse y no se separaron jamás. Desde entonces apreciaba cada nota que salía de sus pies y descubrió que era feliz.

Moralejas:
– Si te cantan los pies lávalos más a menudo.
– Si no te gusta una parte de tu cuerpo, no te la cortes.

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